FULL THROTTLE 

Para ganar las peleas en la carretera de la Vieja Mina, pulsa SHIFT + V . Además, si te detienes y no tocas nada en unos minutos, aparecerá una pantalla con una selección de diferentes vehículos en rotación.

SOLUCIONES

PARTE I

Cuando te despiertas en un cubo de basura, la cabeza te da vueltas, y lo
último que recuerdas es a un empresario enchaquetado intentando meterte
en asuntos oscuros, entonces sabes que algo va realmente mal. No hacía ni
unos minutos que estaba tomando unas copas con mis amigos cuando ese tal
Ripburger se presentó como un individuo sórdido que hablaba de contratar
a los Polecats como si de una banda de moteros escandalosos se tratara,
y ni los chicos ni yo queremos ese tipo de cosas. El dinero no nos sobra,
pero nadie puede comprarnos f cilmente.


Con una fuerte premonición aferr ndome el corazón, apart‚ como pude la
porquería de alrededor y utilic‚ lo único que tenía a mano -una peque¤a 
piedra- para golpear la parte superior del contenedor en el que estaba 
encerrado; de esa manera salí al aire libre, donde me dirigí con rapidez
a la entrada del bar de Quohog.


Mi intuición resultó haber sido cierta: ninguna de las motos de los chicos
estaba allí. Se me ocurrieron un par de sitios donde podían estar, así que
me apresur‚ a subirme en mi moto y trat‚ de ponerla en marcha, observando
con consternación que alguien me había jugado una mala pasada -las llaves
habían desaparecido-, y no hacía falta sudar mucho para suponer de quien
se trataba.


Quien me conozca sabe qu‚ ocurre cuando decido utilizar mi moto y no puedo,
de manera que a Quohog no le sorprendió que entrara en el bar abriendo la
puerta de un puntapi‚. Tampoco debía haberse andado por las ramas cuando
le pregunt‚ por las llaves, porque mi segunda acción fue un poco m s
directa: utilizar mis pu¤os para ponerle la nariz bien cerca de la barra
hasta conseguir por fin las llaves. Quohog sabía que un motorista de
carretera cabreado es como un camión sin frenos, de manera que decidió
contar algo m s sobre lo que había pasado realmente en el bar y así supe
que mis chicos se dirigían -enga¤ados- hacia una emboscada, y que por el
medio habría algún truco sucio en contra mía.


Con las llaves en mi poder pude al fin arrancar mi moto, y con un poco
de viento despejando mi frente, las cosas comenzaron a tomar forma en mi
cabeza. No tard‚, por cierto, en encontrarme a un motorista con ganas de
bronca al que no tuve mucha dificultad para vencer, batalla despu‚s de
la cual perdí mi rueda delantera y me entregu‚ en cuerpo y alma al asfalto
al que he dedicado mi vida de una forma menos rom ntica de lo que me
hubiera gustado.


Por fortuna para mí, una chica que aspiraba a ser reportera me recogió
y me llevó a casa de una tal Maureen quien no sólo se ocupó de mí sino
tambi‚n de mi moto. Ella no solía enfrentarse a trastos tan grandes como
el mío y por eso carecía de los materiales adecuados para dejar las cosas
en su punto, de manera que me ofrecí a buscar algo de gasolina, unas
horquillas especiales que conectan los guardarruedas a la moto y el
soldador de Maureen, sin el cual no podría hacer ninguna de las reparaciones.


Despu‚s de hablar un rato con ella, investigu‚ un poco a mi alrededor y
conseguí una manguera y una lata de gasolina vacía. Tambi‚n prest‚
atención a una foto en la que aparecía Maureen con su tío Pete en un
lugar conocido como Rancho Mink donde ella me confesó que solía refugiarse
cuando los problemas aparecían por el horizonte.


Hechas estas pesquisas, me puse inmediatamente en busca de los materiales
que precisaba Maureen. En primer lugar me fuí a la caravana de Todd,
el propietario del cementerio de vehículos, donde lo primero que me
llamó la atención fue que el tipo estaba soldando algo en el peque¤o
sotanillo que se vislumbraba desde el exterior de la caravana. Reclam‚
su atención hablando con ‚l a trav‚s de la rejilla del suelo y cuando
subió para hablarme a trav‚s de la puerta, la empuj‚ de una patada con
lo que el rollizo tipo quedó sin sentido. Ahora era libre de explorar
su caravana, y esto me permitió descubrir una ganzúa en el interior de
un armarito y un trozo de carne dentro del frigorífico. Tambi‚n pude
utilizar el ascensor que descendía al sótano donde encontr‚ el soldador
robado.


Algo m s tarde, me dirigí al depósito de gasolina de la ciudad. No me
resultó difícil violar el cerrojo de la puerta utilizando la ganzúa
y guardarme despu‚s el cerrojo. Una vez dentro, sólo tuve que poner la
mano en la escalera para que la alarma comenzara a sonar alertando a un
vehículo a‚reo de la policía que vino a inspeccionar el terreno. Antes
de que llegaran, tuve la prudencia de ocultarme detr s de una estructura
elevada y esper‚ tranquilamente a que el vehículo aterrizara. Cuando los
policias subieron a lo alto del depósito a inspeccionar la alarma, abrí el
depósito de gasolina del vehículo, utilic‚ la manguera sobre la tapa
abierta, puse la lata en el suelo y por último aspir‚ por la goma para
que la gasolina cayera dentro de la lata.


Mi último paso era encontrar las horquillas de la moto, y esto sólo podría
hacerse en el cementerio de vehículos. Para acceder al interior, se me
ocurrió la peque¤a estratagema de colocar el cerrojo en la puerta de
entrada y utilizar la cadena que abría dicha puerta para escalar el muro.


Una vez dentro, salt‚ a la parte de abajo y me fuí directamente a una pila
de basura donde providencialmente estaban las horquillas que necesitaba. Sin
embargo, un furioso perro guardi n me hizo recular hacia la parte superior
del muro. Otra vez abajo, decidí irme a la derecha para tratar de burlar
al furioso canino pero, en medio de un montón de coches parcialmente 
aplastados, lo encontr‚ de nuevo mir ndose furibundo. Tuve apenas unos
segundos para dejar el trozo de carne dentro de uno de los coches y salir
corriendo de nuevo a la seguridad de la muralla.


Esta vez, en cambio, continúe por la derecha siguiendo la parte superior
del muro y llegu‚ a una cabina de control desde podía accionar un im n
gigante sobre la zona de los coches aplastados. Uno de los coches se
agitaba fren‚ticamente por lo que pude deducir que se trataba del perro
que estaba dando dentelladas a la sabrosa pitanza que yo le había
proporcionado. Utilizando pues los controles pude hacer descender el
im n, enganchar el coche donde se encontraba el perro, y elevarlo hasta
su punto m s alto para evitar que molestase.


Ahora era muy libre de ir a la pila de materiales y apoderarme de los
integrantes de mi moto.


Cuando Maureen tuvo lista mi moto, partí por la carretera en dirección
a la emboscada que se preparaba pero me encontr‚ con un fuerte control
policial a‚reo que me impedía continuar. La solución estaba presta :
volví al depósito de gasolina y activ‚ la alarma. De esta manera, los
vehículos de la policía abandonaron el control de la carretera para
investigar lo sucedido y yo pude continuar mi marcha.


PARTE II

Despu‚s de haber superado el control policial y abandonado el peque¤o
pueblo, me encontr‚ a algunos de mis chicos detenidos a un lado de
la carretera. Ellos me dijeron dónde se encontraba Malcolm Corley y
me puse en marcha hacia allí con el propósito de aclarar algunas cosas
con ‚l. Pero el destino fue cruel y todo lo que encontr‚ fue un Malcolm
moribundo que, instantes antes de expirar su último aliento, me reveló
algunas an‚cdotas de su hija secreta, ­Maureen!.


Volví al pueblo para hablar con ella, pero sólo para constatar que
se había marchado.


Luego me detuve en la taberna de Quohog para averiguar cómo andaban
las cosas. Allí me enter‚ de que la policía había detenido a los Polecats
y me buscaba a mí como el asesino de Corley. En aqu‚l momento recuerdo que
habría apostado mi moto a que Adrian Ripburger tenía mucho que ver con todo
ese lío.


Debía continuar mi marcha lo antes posible, pero Emmet, un camionero
que estaba allí sentado, me dijo que la policía no debaja atravesar
la zona a nadie que no estuviera directamente implicado en el caso.
Ofuscado por esta nueva noticia, me dirigí a la parte de atr s de la
taberna para reflexionar y encontr‚ a Miranda escondida dentro del
contenedor de basura. Miranda me contó que había visto cómo Ripburger
asesinaba a Malcolm Corley y que incluso había hecho unas fotos, pero
que esos asesinos se las habían quitado. Con el fin de que yo la
ayudara a salir del lío, me entregó un juego completo de documentación
falsa con el que podría burlar el control de la carretera, de manera
que le present‚ la documentación a Emmet y se prestó a llevarme oculto
en su camión hasta el rancho Mink donde presumía podría encontrarse
Maureen ahora.


Atravesado sin mayores problemas el nuevo control policial, Emmet me
dejó en el Rancho Mink y luego continuó su marcha, momento en el que
descubrí que el maldito me había robado la gasolina de mi moto. Como
única opción me intern‚ en el rancho y así descubrí que, en otra
‚poca, Maureen había formado parte de la banda motorista de los Vultures.
Luego inspeccion‚ la cama, me apoder‚ de una palanca que estaba oculta
debajo de la almohada y con ella pude abrir un peque¤o arcón donde
encontr‚ gasolina.


En marcha de nuevo, entr‚ en la zona de la carretera de la Mina. Era un
sitio peligroso, de manera que me propuse continuar mi marcha sin detenerme
hasta el puente, desde donde podía llegar al escondrijo de las Vultures
y hablar así con Maureen. Por el camino, sin embargo, me encontr‚ con el
remolque accidentado de Emmet, lugar en el que recogí un poco de fertilizante
que estaba esparcido por el suelo. Al llegar al puente por fin, me encontr‚
con la inesperada sorpresa de que ‚ste estaba completamente destruído y era
imposible alcanzar el otro lado. 


Ofuscado, me entretuve mirando un cartel rememorativo de una vieja haza¤a
que consistía en saltar el puente utilizando una rampa especial, una moto
modificada con sistema Turbo y un aerodeslizador extraído de un coche
a‚reo. Esto me hizo proponerme que yo saltaría el puente del mismo modo.


Cogí la moto y volví a la carretera, pero esta vez me adentr‚ en la peligrosa
carretera de la Mina donde las bandas rivalizaban por el control en una
lucha constante. Me encontr‚ así con el antiguo líder de los Polecats que
había venido en busca de un poco de bronca. El me dijo que la rampa que se
utilizara en el pasado para el salto había sido robada por los Cavefish y
que, presumiblemente, se encontraría en el interior de su cueva. Esta cueva
era un lugar secreto y no había hombre alguno capaz de encontrar su entrada
sin las gafas especiales que los Cavefish utilizaban a tal fin.


El truco estaba en conseguir, por lo tanto, una de esas gafas.


Fuí entonces recorriendo el quebrado camino de la Mina enfrent ndome a unos
y a otros, consiguiendo con cada victoria un nuevo tipo de arma. Tuve especial
cuidado en no utilizar cadenas con la chica de la sierra mec nica porque las
deshacía en eslabones, pero pronto conseguí vencerla utilizando como arma
ofensiva el fertilizante. Con la sierra mec nica pude vencer a la mayoría de
los motoristas e incluso pude asestarle un golpe mortal al motorista del
sistema de inyección Turbo de modo que pude arrebatarle el combustible
especial que mi propio sistema precisaba. Cuando incidentalmente conseguí
la tabla de manera, me enfrent‚ por fin a uno de los Cavefish. La tabla de
madera me permitía golpear desde una distancia prudencial, de manera que
le fuí golpeando teniendo un cuidado infinito en no dejar que los chorros
de aceite que lanzaba cayeran debajo de mis ruedas. Cuando por fin le vencí,
utilic‚ las gafas para localizar la entrada de su cueva.


Allí encontr‚ por fin la rampa especial que enganch‚ a mi moto y me llev‚.
Antes de abandonar la cueva, y como sabía que los Cavefish saldrían en mi
persecución, puse la rampa en el suelo en una curva muy pronunciada y me
dediqu‚ a mirar el desastre.


Una vez fuera, coloqu‚ la rampa en el puente y me concentr‚ en el último
elemento que necesitaba para saltar por encima del puente: el aerodeslizador.
Muchos a¤os de experiencia me permitieron trazar un plan sobre la marcha:
volví allí donde estaba accidentado el remolque de Emmet y utilic‚ la barra
met lica para pinchar los neum ticos. Luego me coloqu‚ por el otro lado y
empuj‚ con todas mis fuerzas hasta que el peso fue demasiado para los
debilitados neum ticos y el remolque se precipitó hacia la carretera. Con
eso quedaba un espacio muy reducido para pasar y la cantidad de fertilizante
en el suelo era mucho mayor.


Luego me dirigí al rancho Mink -donde sabía que habría alguien enviado por
Ripburger para vigilar a Maureen y a mí- y llam‚ la atención del coche
a‚reo de los rufianes de Ripburger. Al dar la vuelta en un crítico giro y
ponerme en marcha de nuevo por la carretera en dirección al puente,
conseguí que salieran en persecución mía. Al llegar a la zona del remolque
accidentado, la cantidad de fertilizante fue demasiada para el coche de
los asesinos y se estrelló sin mayores ceremonias contra las rocas del
lado derecho de la carretera.


Fue entonces cuando pude abrir una puertecita en el lateral del vehículo
con ayuda de la palanca y extraer el aerodeslizador, que no tard‚ en
instalar a mi moto.


El salto fue de v‚rtigo.

PARTE III

Me encontraba a las puertas del edificio de la compa¤ía Corley Motors.
Sabía que por la carretera que se perdía hacia el norte estaba el
escondrijo de las Vultures, pero no hay ningún motorista que se precie
que no haya oído hablar del famoso campo de minas que protege dicho
confín, de modo que antes de aventurarme por allí quería aprovisionarme
de ciertos útiles.


Cuando llegu‚ al estadio de la Corley Motors descubrí que se estaba
celebrando uno de los muchos derbys y que, dado que ‚sta había empezado
hacía tiempo, no había nadie cerca salvo un comerciante que regía una
peque¤a tienda de souvenirs.


R pidamente ví en el suelo lo que me interesaba: un conejito de cuerda.
Si utilizaba el conejito en el campo de minas podría utilizarlo como
testaferro de mi avanzada y conocer así la posición de las minas. 


Como no disponía de dinero, empec‚ a observar las camisetas y a preguntar
al comerciante con el fin de distraerle, y cuando el vendedor se dio la
vuelta para examinar las camisetas y contestar mis preguntas, me apoder‚
del conejito y salí zumbando de allí.


En el campo de minas de las Vultures, dej‚ el conejito en el suelo y me
puse a observar: ­BANG!, el conejito había volado por los aires demasiado
pronto sin darme tiempo a avanzar demasiado. Necesitaba, por lo tanto,
muchos m s conejitos. Antes de irme, sin embargo, me llev‚ lo único que 
había quedado del desafortunado conejito: su pila.


De nuevo en la tienda de recuerdos, interrogu‚ al vendedor sobre el coche
teledirigido y obtuve su permiso para probarlo. Le coloqu‚ la pila del
conejito y accion‚ el joystick de tal forma que el coche llegó hasta el
otro lado del lugar y lo hice entrar a trav‚s de la puerta de
salida del estadio. El vendedor, enfurecido, corrió a dar toda la vuelta
por el interior del estadio con el fin de apoderarse del coche, y yo
mientras tanto pude llevarme toda una caja de conejitos mec nicos.


Otra vez en el campo de minas, dej‚ la caja en el suelo y los conejitos
salieron en tropel en dirección al campo de minas. Como no quería que
la primera explosión acabara con todos ellos, me ocup‚ de recogerlos uno a
uno y los fuí soltando poco a poco, siempre al final de la ruta que el
anterior iba dejando libre. De esta manera, conseguí llegar al escondite
de las Vultures.


Pero las cosas allí no eran como yo esperaba. Enga¤ada por los medios de
comunicación, Maureen creía que yo había sido el asesino de su padre y
me preparó una desagradable bienvenida. Menos mal que, en el transcurso
de la tortura, pude decirle ciertas confidencias que su padre me había
hecho antes de morir y así conseguí que creyera por fin en mi inocencia.


Maureen, las Vultures y yo preparamos un complicado plan para que Ripburger,
los accionistas y la policía creyeran que tanto Maureen como yo habíamos
muerto, y nos inscribimos en el peligroso derby que organizaba la compa¤ía
con coches especiales preparados para incendiarse, y unos trajes de amianto
para aguantar las llamas. En el derby, las cosas se complicaron un poco
porque el coche de unos tal Hermanos Boom-Boom no hacía m s que ponerse
entre el mío y el de Maureen y así no conseguiamos que la explosión se
llevara a cabo. Tuve que saltar sobre uno de los coches -utilizando la
rampa- para aplastarlo y empujarlo luego hasta que incidía en la
trayectoria de colisión del coche de los Boom-Boom. Fue bastante
complicado porque cada vez que ‚ste chocaba con el coche aplastado,
se recobraba y comenzaba a funcionar otra vez. (Tambi‚n puedes pulsar la
"V" para ganar autom ticamente el derby si te resulta muy complejo).


Una vez que mi coche impactó en el de Maureen, tuve que arregl rmelas para
hacer que el coche de los Boom-Boom se estrellase contra los restos
llameantes y perderlos así de vista para siempre. Luego fue muy sencillo
hacer cundir el p nico acerc ndome a los laterales de la pista e incendiando
el estadio con mi cuerpo en llamas. 


Despu‚s de aquello, las Vultures, Maureen y yo volvimos al escondite para
idear una nueva forma de actuar.

PARTE IV

De nuevo en la base de las Vultures, sorprendí a Maureen desmontando la
moto que se ofrecía como premio en el derby y que había montado su padre
en persona. Al interrogarla sobre su comportamiento, me reveló que su
padre siempre había dicho que la llave de su caja fuerte -lugar donde
escondía su testamento- estaba escondida en la moto, pero Maurren había
sido incapaz de encontrarla hasta el momento.


Intuyendo que "la llave" podía tener otro significado, prest‚ atención
a las piezas y, abriendo y cerrando algunas de sus partes mec nicas,
anot‚ el número de serie de una que me llenaba de una fuerte sensación: 
154492.


Maureen tambi‚n me contó cómo cuando era peque¤a entraba por una puerta
secreta situada detr s del edificio Corley Motors y que iba a dar
directamente al despacho de su padre. Me indicó que había que esperar
a un momento determinado para activar la puerta y, una vez en el lugar,
seguí sus instrucciones y logr‚ entrar en el edificio sin mayores
problemas.


Una vez en el despacho de Malcolm Corley, utilic‚ el número de serie sobre
la caja de seguridad para dejar al descubierto un pase y una cinta que
contenía nada m s y nada menos que el tan buscado testamento de Malcolm.


Explorando por el edificio, encontr‚ una puerta cerrada por sistemas
magn‚ticos y sobre la que utilic‚ mi pase. Dentro había una m quina con
dos palancas que controlaban el motor y la intensidad de la luz de la
proyección que tenía lugar en la sala de conferencias del otro lado,
y a la que pude echar un vistazo por una peque¤a ventanita. Así
descubrí que Ripburger había reunido por fin a los accionistas y estaba
convenci‚ndoles de que el futuro de la Corley Motors estaba en la
fabricación de unas horrendas furgonetas.


Empujando las palancas -tenían tres posiciones: arriba, central y abajo-
pude armar un estropicio tan grande que la operaria de las diapositivas
no tuvo m s remedio que irse a por otra película para continuar la
proyección. Yo aprovech‚ ese momento para entrar en la habitación de la
derecha y utilizar las fotos sobre la plataforma destinada a las
diapositivas y al fin, el testamento en la m quina de sonido. Así, los
accionistas pudieron presenciar el horrible fin de Malcolm a manos de
Ripburger, y escuchar el testamento donde el antiguo dirigente de la
empresa renegaba de Rip y anunciaba a todo el mundo la existencia de
su hasta entonces secreta hija: Maureen.


Maureen salió entonces de entre el público y habló a los accionistas
ocup ndose desde ese momento de la empresa, mientras Ripburger huía
por oscuros caminos.


Algo m s tarde, realizando un tranquilo viaje de placer con Maureen en
la moto y en dirección a su casa, Ripburger volvió a aparecer, embisti‚ndonos
con un camión y dej ndonos a su merced sobre la parte frontal del vehículo.
No pude evitar que Maureen desapareciera entre las ruedas y, aunque el
momento era intenso, rogu‚ porque nada le hubiera ocurrido. Entre tanto,
empuj‚ el panel del vehículo de tal forma que Ripburger no tuviera
visibilidad alguna, pero el malvado asesino utilizó su bastón para volver
a colocar el panel donde estaba. En ese preciso momento, y con un r pido
movimiento, le arrebat‚ el bastón y lo utilic‚, abriendo la rejilla del
ventilador, para detener la infernal maquinaria y acceder así al interior
del camión.


Una vez en la parte de atr s, pude usar mi vieja palanca para romper el
tubo de gasolina de la derecha con la idea de detener la marcha del
camión, pero Ripburger se volvió y me amenazó con dispararme. Providencialmente,
Maureen reapareció por la ventana del conductor y obligó a Ripburger a frenar
la marcha, con lo que el camión quedó al fin dentro del vehículo de las
Vultures que había aparecido por detr s.


Dentro del avión-terrestre de las Vultures, Ripburger puso en marcha las
ametralladoras y causó un grave destrozo en el panel de mandos del vehículo.
Como estaba sin control, utilic‚ la escala para acceder a los controles y
tratar de frenar el imparable avance de la m quina que, de lo contrario,
se precipitaría sin remedio sobre el puente derruído.


En la cabina, lo único que pude hacer funcionar fue el ordenador principal
de a bordo, y aún así muchos de sus sistemas fallaban. Como único recurso,
hice subir el tren de aterrizaje y así la panza del vehículo arrastró
contra el asfalto deteniendo su carrera a escasos metros del abismo. La
inercia, sin embargo, hizo emerger el camión de Ripburger por el morro
y la situación se volvió sumamente precaria. Ripburger había quedado
colgando de una de las ametralladores del camión.


En la cabina de ‚ste -que colgaba sobre el abismo- me di r pidamente
cuenta de que Ripburger me dispararía si intentaba volver a tierra,
así que puse en marcha el ordenador del camión y utilicé‚ la opción
referente a armamento, haciendo que estas se replegaran y arrojando
por fin al malvado empresario al precipicio.


Lamentablemente, tenía que hacer algo r pido porque las explosiones
infectaban toda la superficie del vehículo y el fuego se dispersaba con
rapidez, así que volví a la nave de las Vultures y utilic‚ mi moto para
escapar del caos que se nos venía encima.

 


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