TIME GATE
SOLUCIONES
En una sesión de espiritismo hemos
contactado con Gallois, último de los Templarios y Gran Maestre de la Orden. El
caballero francés nos habló de la fundación de la Orden, de su ocaso, y de la
odisea de un estudiante americano que acudió a su llamada a través de las
Puertas del Tiempo.
Texto
El médium no podía dar crédito a lo
que oía cuando le pedimos que contactase con un Caballero Templario del siglo
XIV. Las personas que normalmente acuden a su consulta, desean hablar con
parientes recientemente desaparecidos, actores famosos o presidentes asesinados.
Nuestra petición se salía de lo normal, pero accedió con una condición: si
lográbamos averiguar la localización exacta del tesoro de los Templarios, debíamos
compartirlo con él.
Diciéndonos a nosotros mismos que bien merecía la pena compartir retazos de
una leyenda, accedimos a sus condiciones y la sesión dio comienzo.
Médium:
Ohmmm. Gallois, Gran Maestre de la Orden
de los Templarios, yo te invoco.
Te pedimos que hagas acto de presencia entre nosotros y reveles los motivos de
tu tormento. Gallois, deseamos aliviar tu inquietud en el más allá y dar el
descanso eterno a tu alma. Gallooooooiiiis…
El médium puso los ojos en blanco y por su boca salió un gutural gemido que
poco a poco, cobró cuerpo y tomó la forma de vocablos incoherentes. Pasados
unos minutos, el médium habló:
Gallois: ¿Quién me obliga a
volver al mundo de los mortales?
CGW: Gallois, somos de la redacción
de Computer Gaming World, un medio especializado dedicado a difundir los hechos
que acontecen en nuestro tiempo y revelar secretos cuya verdad ha sido
tergiversada con el paso de los siglos.
Digamos que somos el equivalente a los juglares que os llevaban las noticias a
Tierra Santa.
G: Os escucho.
CGW: Hemos sabido que William
Tibbs, un joven de nuestra época descendiente sanguíneo vuestro, ha atravesado
las Puertas del Tiempo para ayudaros en vuestra misión de desenmascarar el mal
que representó Wolfram el Inquisidor.
G: Cierto. Wolfram fue la causa de
nuestra destrucción, y estuvo a punto de cambiar la historia para siempre con
su alquimia y brujería. Por fortuna para vosotros, el joven Tibbs tuvo éxito
en su misión.
CGW: Habladnos de la Orden de los
Templarios, y de cómo vuestro descendiente derrotó al malvado Wolfram.
La Orden de los Caballeros Pobres de
Cristo, o Caballeros Templarios -denominados así por ocupar lo que fueran los
establos del Templo del Rey Salomón, en Jerusalén-, fue fundada por varios
caballeros Cristianos de diversos orígenes y fortunas unos 20 años después de
la conquista de Jerusalén, en el 1099 D.C. Nuestro objetivo principal era
luchar contra los Otomanos para hacer seguro el tránsito por los caminos de
aquellos peregrinos que, desde Europa, viajaban a Palestina a visitar la tumba
de Cristo.
Pocos años más tarde, la Orden de los Caballeros Templarios escogió la
protección de San Bernardo como patrón y decidió vivir en la más estricta
austeridad, ofreciendo nuestras vidas y bienes a la Orden para gloria de Dios y
la defensa del Santo Sepulcro. Lejos de amilanar a los jóvenes caballeros
europeos, esta restrictiva forma de vida atrajo cada vez más a muchos nobles
del continente que deseaban servir a su Dios y llevar la túnica blanca con la
cruz roja hasta la muerte.
Pasado poco tiempo, el poder económico de la orden fue tal que llegamos a
poseer no sólo tierras y fortalezas, sino ciudades enteras desde Oriente a
Occidente. Además, gracias a un privilegio papal, la Orden pudo subir los
impuestos y recaudarlos para sus propias arcas, comerciando además con los
productos de sus tierras. Con todo esto, la riqueza de la Orden alcanzó límites
insospechados. Pronto todas las transacciones entre Palestina y Europa
estuvieron en manos de los Templarios. Sin embargo, cuando el Reino de Palestina
cayó, la Orden, así como todos los Cristianos, tuvieron que abandonar Tierra
Santa para volver a Europa. Los Templarios se asentaron en Francia, lugar donde
nació la Orden.
CGW: Perdonad la interrupción, pero, ¿no se contradecía esta riqueza
con las normas de austeridad y los votos de pobreza?
G: En cierto sentido, sí, pero
estábamos ciegos por la grandeza de nuestro objetivo y no nos dimos cuenta de
ello hasta que fue demasiado tarde.
CGW: Proseguid.
G: El Rey francés, Felipe el
Justo, había contraído con los Templarios una enorme deuda financiera, y ante
el inminente retorno de los caballeros a tierras galas, y gracias al falso
testimonio de un desertor, declaró a los Caballeros Templarios herejes y
adoradores del diablo.
La Orden fue perseguida y exterminada a manos del implacable Wolfram.
CGW: Pero el inmenso tesoro de los
Templarios jamás apareció.
G: Cierto.
CGW: Habladnos del joven Tibbs.
G: Poco después de mi
encarcelamiento, y al convertirme por desaparición del resto de mis compañeros,
en Gran Maestre de la Orden, descubrí uno de los secretos mejor guardados de
nuestra Orden: las Puertas del Tiempo.
Desesperado ante la inminente victoria de Wolfram, empleé todos los medios y
recursos a mi alcance para sobornar a los carceleros y tener la oportunidad de
lanzar un mensaje a mi descendiente, una llamada que el joven Tibbs respondió
no sin cierta vacilación. Sin embargo, el secuestro de su prometida fue el
detonante que le impulsó a buscar a Wolfram.
CGW: ¿Tuvisteis vos algo que ver
con este acto criminal para forzar así a vuestro descendiente a ayudaros?
G: ¡Por Dios que no! El malvado
Wolfram, empleando sus artes arcanas, también había descubierto las Puertas
del Tiempo, y había previsto la posibilidad de que el joven Tibbs enturbiara
sus planes. Secuestrando a la joven dama, Wolfram se aseguraba la oportunidad de
asesinar a mi descendiente.
CGW: ¿Cómo consiguió William
salvar a su prometida?
G: En el museo, el joven Tibbs
descubrió un extraño artefacto que vosotros llamáis cascos en la sala en la
que una infiel oriental hablaba ante un demoníaco invento que captura imágenes.
Al otro lado del vestíbulo, en un gran salón con una armadura, William recogió
mi espada y mi escudo de un muro sobre el que hay un gran cuadro que al ser
examinado, me permitió revelarle algo de nuestra historia. Abriendo la puerta
que había en esta sala, el joven Tibbs encontró nuevos artefactos mecánicos
que más tarde le ayudarían a cruzar las Puertas del Tiempo: una catapulta en
miniatura y un brillante disco plateado. Introdujo entonces el disco plateado en
una columna que emitía voces, no sin antes conectar la columna con un agujero
de la pared para que el artefacto cobrase vida.
CGW: Veo que es mucho lo que
desconocéis de nuestro tiempo. Parecéis hacer referencia a un ordenador y un
CD.
G: Para mí no son más que
instrumentos del diablo que distraen la atención de los mortales de asuntos más
importantes.
CGW: Sin embargo, William hizo uso
de todos esos artefactos diabólicos para lograr su objetivo.
G: Los caminos del Señor son
inescrutables.
CGW: Si vos lo decís…
G: En la oficina del gestor del
museo, el joven Tibbs abrió un cajón y encontró una llave, una carta con
propiedades magnéticas y un pergamino que se apresuró a leer.
CGW: Las tarjetas magnéticas y
los periódicos son algo muy común en el siglo XX. ¿No tenéis acceso en el Más
Allá a información sobre nuestro tiempo?
G: Sí, pero debéis comprender
que para mis contemporáneos, toda vuestra tecnología resulta incomprensible, y
parece obra de Satanás. Entiendo que vosotros lo veáis como algo normal, pero
pensad que en el siglo XIV lo más parecido a una imagen era un cuadro o un
tapiz.
CGW: ¿Cómo llegó William a las
Puertas del Tiempo?
G: Cuando quedó atrapado en el
museo, tuvo que evitar los rayos mortales gateando cerca del mobiliario, y de
vuelta en el vestíbulo, cogió una herramienta que empleó para abrir la puerta
cerrada. Una vez en la sala donde encontró los cascos, se hizo con un tubo metálico
que expulsaba aire viciado por un extremo, volvió al vestíbulo y abrió una
caja que había en la pared con la llave.
Con el tubo de aire viciado estropeó los mecanismos de la caja y pudo subir las
escaleras…
…Allí tuvo que enfrentarse a la primera de las pruebas que Wolfram le tenía
reservadas: un caballero negro con el que tuvo que luchar hasta que lo devolvió
al infierno del que había salido. Con la tarjeta magnética abrió la vitrina
que contenía los proyectiles de la catapulta, y activó entonces la miniatura
para atravesar con ella los rayos que protegían la habitación y disparar al
botón que los inhibía. Cogió la espada y salió hacia el claustro, donde
encontró un holograma y se enfrentó a un segundo caballero.
Entonces se produjo el salto en el tiempo a través del pozo de la Abadía, y
William se encontró en medio de un paraje nevado donde fue apresado por
Wolfram. Arrojado a la misma celda en la que yo estuve preso poco tiempo antes,
el joven Tibbs cogió el laúd y se lo entregó al fiel Berwal, un escudero que
había sido torturado por Wolfram por no querer traicionar a su señor. Berwal
atrajo la atención del guardia con su música, ocasión que William aprovechó
para golpearle. Berwal le arrojó a William la llave de la celda y éste la abrió,
recogiendo la espada y preparándose para enfrentarse al otro guardia. Al
derrotarle, encontró una nueva llave que empleó para abrir la puerta que había
en la habitación en que encontró una botella de vino.
Repuestas sus energías, el joven Tibbs corrió escaleras arriba y permaneció
inmóvil hasta que el anciano ciego pasó ante él. Entonces registró la
chimenea y obtuvo una nueva llave que abría la puerta situada frente a las
escaleras. En el establo, y teniendo buen cuidado de evitar a la oveja, cogió
la piel de ovino y el cayado de pastor.
En la sala de al lado, recogió un jamón, una botella y un cubo que llenó en
el barril del establo. Con el cubo lleno de agua, apagó el fuego de la
chimenea, la registró y subió por ella.
Ya en las vigas del tejado, empleó la piel de oveja para saltar de un extremo a
otro del abismo y fue a la izquierda hasta estar situado sobre un anciano
durmiendo. Con el cayado, se hizo con el hábito del monje, siguió recto y en
la siguiente habitación, giró a la derecha y saltó.
Al registrar la caja de hierro, encontró un libro llamado "La Canción del
Caballero" y un holograma. En ese momento se dio cuenta de que estaba en un
callejón sin salida, por lo que examinó cuidadosamente las paredes hasta
descubrir que empujando la Cruz dorada, se abría un pasadizo secreto que daba
acceso al Scriptorium de la abadía. Allí encontró un estilete, y vasijas con
agua, pez, hueso y bazo. En la tarima cogió una pluma y una caja de madera del
armario que había en la pared. De pie frente al escritorio, usó el libro y
sobre él el estilete, con lo que obtuvo una gema. Mezclando el agua, el bazo y
el hueso, fabricó un poco de tinta que empleó para copiar con la pluma parte
de "La Canción del Templario". De vuelta a la caja de hierro, guardó
en ella el libro y la caja de madera, sustituyendo así el holograma.
En ese momento, dio comienzo una de las gestas más difíciles de cuantas tuvo
que realizar el joven Tibbs. No tenía tiempo que perder, ya que Wolfram se
dirigía hacia donde él estaba. Entró a toda prisa en el Scriptorium, se puso
el hábito de monje y empujó la antorcha de la pared para cerrar el pasadizo
secreto. Entonces entró en la sala un monje al que tuvo que seguir muy de
cerca, cuidando siempre de hacer el mismo recorrido que él. Ya en el claustro,
William se dio cuenta de que había una puerta abierta, y sin perder de vista al
guardia que se veía al fondo, se metió por ella sin mirar atrás.
CGW: ¿Cómo pudisteis contemplar
los hechos y quedaros impasible ante los continuos ataques que sufría vuestro
descendiente?
G: El joven Tibbs no lo sabía,
pero la sangre de los Gallois vincula con fuertes lazos a toda la línea directa
de descendientes. Esto me permitió crear un nexo permanente con su mente,
aunque no podía intervenir directamente si no se me pedía de forma expresa.
Por tanto, tuve que esperar a que mi joven tataranieto me invocase para ayudarle
en su misión.
CGW: En el hospital, William
consiguió muchas de las gemas de los Templarios. ¿Qué relación guardaban las
gemas con los caballeros de la Orden?
G: Cada una de las gemas invocaba
un objeto de la tumba de un Templario. Estos objetos resultaban vitales para el
éxito de la misión del joven Tibbs.
Cuando entró en el Hospital, William recogió un jarro de madera y lo arrojó
contra la pared para obtener una llave que abría la puerta situada a mano
izquierda. En esta sala había un libro en el que se explicaba cómo preparar
una poción de sueño, y se indicaba los ingredientes necesarios para ello.
Estos elementos estaban dispersos en las diversas estanterías de las habitación.
Mi descendiente decidió que no le vendría mal explorar las diversas
habitaciones anexas al Hospital, así que fue abriendo las diversas puertas que
encontró. En el Taller cogió una chaira, y en el Horno dos piezas de pan.
Sobre una de ellas vertió el contenido de la poción que había preparado, y se
dirigió a la celda donde estaba cautivo el penúltimo de mis compañeros.
El pobre llevaba encerrado demasiado tiempo, y su cabeza ya no era lo que antaño.
Por eso, el joven Tibbs tuvo que entregarle el pan con la droga, para no hacerse
daño entre sí. Con el viejo Templario fuera de combate, William utilizó la
chaira sobre la estatua para obtener un rubí. Al darse cuenta de que casi todas
las estatuas contenían una piedra, repitió esta operación con todas las que
había en el Hospital, consiguiendo así un total de 8 gemas entre las que había
3 diamantes. Por desgracia, antes tuvo que enfrentarse él solo a dos guardias
que le esperaban a la salida de la celda,
demostrando su valía como guerrero a pesar de su obvia inexperiencia. Uno de
los guardias tenía la llave del Mortuorio, y William entró en él murmurando
una plegaria. A pesar de la repulsión que le producía el cadáver, lo empujó
para recuperar el corazón de oro y lo colocó sobre la estatua del rincón.
Inmediatamente, se apresuró hacia la estatua que había a la entrada para
beberse el contenido de la copa dorada que le ofrecía la inanimada imagen.
CGW: Este error estuvo a punto de
costarle caro, ya que acabó encerrado en la cámara de tortura.
G: Los caminos del Señor son
inescrutables.
CGW: Sí, ya lo habéis dicho
antes.
G: Sin embargo, era un paso
necesario, ya que debía asistir en su muerte al último de los Templarios. Moviéndose
a la izquierda, el joven Tibbs quemó la cuerda que le ataba a la rueda, venció
al guardia y recuperó sus cosas de encima de la mesa. A continuación, y casi
por inspiración divina -ya que no disponía de demasiadas pistas- intercambió
de posición las antorchas logrando así
que se abriera un pasadizo secreto en el muro. Ya en el corredor, tomó el
camino de la izquierda para encontrar al último Templario, a quien mostró el
anillo que llevaba. Tras recoger todo lo que dejó tras de sí el Templario y lo
que había en el cofre, William se percató de que Wolfram le observaba, y
nuevamente la inspiración divina le asistió: guardó la extraña piedra roja
que llevaba consigo dentro del saquito de piel. Recuperó del cáliz las 9 gemas
y abrió la puerta secreta con el anillo. Su objetivo estaba cada vez más
cerca, ya que se aproximaba a las primeras tumbas de los Caballeros Templarios.
El médium sufrió una sacudida y se precipitó hacia la mesa, dándose un
fuerte cabezazo contra ella. Dolorido, quiso saber si habíamos logrado
averiguar algo del tesoro, a lo que respondimos que la única vez que habíamos
hecho alusión al tema, Gallois contestó de forma escueta y arisca sin revelar
nada. Era preciso contactar nuevamente con él para intentar sonsacarle la
información. Por supuesto, a nosotros el tesoro no nos interesaba lo más mínimo,
y lo único que queríamos era conocer el desenlace del viaje en el tiempo de
William Tibbs. El médium, ignorante de esto hecho, se dispuso por segunda vez a
invocar a Gallois.
M: Ohmmm. Gallois, Gran Maestre de
la Orden de los Templarios, yo te invoco. Te pedimos una vez más que hagas acto
de presencia entre nosotros. Gallois, arroja luz sobre nuestras dudas.
Gallooooooiiiis…
Pero no ocurrió nada. Ni ojos en
blanco, ni voz gutural, ni nada de nada. Tras varios infructuosos intentos más,
decidimos marcharnos y probar de nuevo al día siguiente. Al llegar a la redacción
al alba del nuevo día, llenos de expectación ante la nueva sesión de la
tarde, encontramos un fax encima de la mesa:
"Queridos amigos, Gallois me ha
pedido que os relate lo que aconteció tras el triste fallecimiento del último
Templario, ya que por fin su alma descansa en paz y jamás volverá a contactar
con el mundo de los mortales.
Cuando subí las escaleras que llevaban
desde el escondite del Templario a la Biblioteca, tuve que enfrentarme con dos
demonios que, en forma de monjes, quisieron impedir que completara mi misión.
Tras vencer a la criaturas del mal a puñetazo limpio, encontré dos tumbas
sobre las que utilicé el rubí y la gema de cristal, obteniendo así un
cuchillo y una poción que me ayudó a recuperar fuerzas. Acto seguido, abrí
las dobles puerta que conducían al refectorio, donde tuve que apresurarme a
coger una pila de platos y cargar con ella hasta la cocina, para no levantar
sospechas. Allí tuve que enfrentarme a un monje-demonio que se ocultaba en la
despensa, donde encontré dos tumbas más. En ellas utilicé la esmeralda y el
ónice para conseguir un arma y una llave. Con esta última, abrí la puerta que
separaba la cocina del cementerio.
El Campo Santo estaba pervertido por la presencia de criaturas del mal. Una de
ellas, la que vigilaba la puerta de la torre, fue derrotada con el símbolo de
la Cruz, mientras que a las demás tuve que despacharlas con el arma que obtuve
en una de las tumbas del Cementerio. Antes de sufrir el ataque, utilicé la
amatista y el ópalo sobre las tumbas para conseguir una cota de malla y un
hacha con la que me ocupé de los zombis.
Una vez ante la puerta que vigilaba la criatura verde, me di cuenta de que era
imposible abrirla, así que decidí registrar sus restos: encontré un colmillo
que encajaba perfectamente en una pequeña abertura de la puerta, y así conseguí
acceder a la Torre.
Nuevamente mis dotes de observación fueron puestas a prueba, ya que no había
salida aparente. Me decidí entonces a subir al campanario, donde encontré al
mudo Berwal. El me indicó cómo empujar la estatuilla de la base de la torre
para abrir un pasadizo secreto que me permitió volver a las celdas, atravesando
pasillos y la cámara de tortura.
En la celda donde horas antes estuviera encerrado Berwal, me aguardaba la más
desagradable de las sorpresas que Wolfram me había preparado: la que yo creía
mi amada Juliette no era sino un monstruo del averno. Con un golpe bajo del
cuchillo y la cruz, conseguí desterrar a la horrible criatura y volví a la
biblioteca para salir al claustro. Cansado, hice una breve pausa para respirar
un poco del vigorizante aire frío de la mañana. No pude detenerme por mucho
tiempo, ya que había un guardia vigilando una puerta que podía detectar mi
presencia. Antes de que esto ocurriese, me encargué de él y crucé el umbral
de la enorme puerta para encontrarme en la iglesia.
Esta vez, no había muchas opciones para abrir la puerta que me permitiría
proseguir mi búsqueda, así que tras examinar detenidamente el Vía Crucis,
empujé la estación VII. Mis ojos no daban crédito a lo que tenía ante mí,
pero era real como el caballero negro que me atacaría segundos más tarde: ante
mí tenía el sepulcro de Lucifer. No me dio tiempo sin embargo a darle muchas
vueltas a este asunto, ya que como decía antes, en la torre me atacó un
caballero negro que puso a prueba toda mi habilidad y destreza. Subí escaleras
arriba y cogí la pesa mediana, que empleé para hacer contrapeso con la cuerda
de la campana y subir al tejado. Allí descubrí una nueva tumba, y utilicé un
diamante sobre ella.
Pero Wolfram había estado siguiendo mis
movimientos, y fui apresado por sus guardias casi instantáneamente. Preso en la
capilla de la Abadía, temblé de puro terror al ver cómo se acercaba el
verdugo. Providencialmente, y una vez más, Berwal apareció y abrió la puerta
de mi jaula. Pobre, Dios le acoja en su seno. Fue su último acto antes de morir
ensartado por una flecha de un sicario de Wolfram. Cogí el arma que había en
el suelo y corrí hacia la mesa para recuperar el cuerno, lo toqué y Gallois
acudió en mi auxilio.
Con mi nueva forma física, no me resultó
demasiado difícil derrotar al verdugo. Recuperé entonces el resto de mis
pertenencias de la mesa y me dirigí a la pequeña capilla que había a la
entrada, donde musité una oración y mis energías se vieron recuperadas. Empujé
la cruz de oro y subí escaleras arriba para encontrarme con que el cobarde de
Montfalcon huía hacia el tejado destrozando una preciosa vidriera. Perseguí al
rufián, y conseguí hacerle perder terreno hasta que cayó por el borde del
tejado hacia el abismo. Presentía que el final estaba cerca, ya fuese para bien
o para mal, así que bajé hasta las dobles puertas donde había visto por última
vez a Wolfram. Empujé la antorcha del muro, subí las escaleras y coloqué la
cruz de madera sobre la estatua. Esto hizo que algún mecanismo oculto se
activase y surgió del suelo una miniatura de la pila bautismal. Al moverla,
escuché algo pesado deslizarse, y bajé corriendo hacia la pila bautismal para
encontrar unas escaleras que descendían a las entrañas del mismísimo
infierno. Registré meticulosamente las dos estancias que encontré, cuidando
siempre de no tocar el demoníaco pentáculo que había en el suelo de la
primera. Tras preparar la poción que describía el libro de Wolfram, utilicé
la antorcha encendida sobre el pentáculo y la poción
sobre el libro cerrado que tenía la estatua en una de sus manos.
Por fin había encontrado a mi amada.
Tenía que despertarla como fuese. Cogí el sello del Templario, llené el cubo
de agua en el pozo y lo arrojé sobre Juliette. Tras una breve pausa, fui
tentado con el tesoro del los Templarios, pero me resistí y apareció un
demonio con el que tuve que luchar, aunque si hubiera estado prevenido
seguramente podría haber evitado el combate huyendo. De repente, escuché
escaleras arriba un grito de Juliette. Al llegar a la capilla pude contemplar un
espectáculo aterrador:
Juliette flotaba en el aire víctima de las brujerías de Wolfram, y éste
estaba protegido por un pentáculo maligno. Entonces me acordé de la gran cruz
de piedra que había escaleras arriba, y tuve una idea. Subí hasta la cruz y la
empujé hasta colocarla sobre la marca que había en el suelo. Al fin Wolfram
estaba derrotado.
Juliette me alcanzó con el guante, utilicé el sello con él, y volvimos a
1995.
FIN
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